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GLOSARIOS. Clarificación de conceptos: ¿qué queremos decir cuando hablamos de…?

 

1. ¿Es lo mismo Violencia que Conflicto?

a) Para entender y explicar un conflicto

b) ¿Son iguales todos los conflictos?

c) Explosión de un conflicto.

d) ¿Quién gana en la resolución de un conflicto?

e) ¿Qué podemos hacer?

2. ¿Es lo mismo indisciplina que violencia?

3. ¿Es lo mismo disrupción que indisciplina?

4. Los incidentes escolares que vemos en televisión, ¿se pueden catalogar como violencia juvenil o como violencia escolar?

5. Bulling o acoso escolar. Agresor y víctima, pero todos víctimas.

6. ¿Por qué buscar una Educación para la Cultura de la Paz?.


Clarificación de conceptos: ¿ ¿qué queremos decir cuando hablamos de…?

En estos últimos tiempos estamos asistiendo a un bombardeo constante de noticias sensacionalistas, sobre la situación de la convivencia en los centros educativos, de la mayoría de los medios de comunicación. Los que hemos sufrido en la escuela algún acto violento y su posterior publicación, hemos pretendido, ingenuamente, que se publicara también algún detalle de alguna de las numerosas propuestas exitosas en el mismo campo. Y nos hemos encontrado con una respuesta interesada: “es que eso no vende. En cambio tu problema de convivencia será mañana primera página”. Como si a la Sociedad sólo le interesara lo morboso.

Desde luego que, con este “clac”, hay algunas personas que están dispuestas a transgredir algunas normas sociales e incluso personales (léase ponerse violentos) con tal de ser el centro de atención de su grupo social (salir en los papeles). Flaco favor nos están haciendo los medios convirtiéndose en una caja de amplificación y no en una caja de reflexión de nuestros problemas, evitando mencionar siquiera las soluciones que aportamos.

Y no es que queramos ocultar información sobre lo que ocurre donde se educan nuestros niños y adolescentes. Antes bien, preferimos la transparencia, que debe ser la cualidad que guíe las actuaciones de la Administración Educativa, de la que formamos parte y, en general, de todos los que se dedican a la Función Pública. Lo que desearíamos es que no se diera información sesgada, mostrando la cara más fea e ignorando la guapa, señalando y aumentando las dificultades y disimulando los esfuerzos que hacemos todos por superarlas.

Para más INRI, se utiliza el lenguaje con intención de manipular los sentimientos, pensamientos y creencias del público y para crear inestabilidad, al menos emocional. Una amiga que se dedica a la profesión sanitaria me decía: “la situación está mal, pero se va a poner peor. Sobre todo si terminamos con la policía dentro del instituto”. Esta persona había escuchado o leído que se está produciendo violencia escolar diariamente y, claro, llega a la conclusión de que la vida en los centros es una batalla campal. Aunque intuye que la solución no es más control y represión. Efectivamente, la solución es más formación y educación (o sea, más personal educador y más variado).

Desde luego que no vamos a decir aquí que no hay problemas. Y además, no son los de la Escuela de hace 10, 15 ó 20 años. La sociedad ha cambiado, las tecnologías han cambiado, el mundo ha cambiado y la Escuela es su reflejo. Y también admitimos (¿cómo no?) que hay verdaderos dramas a causa de los problemas de relación en los que todos, cualquier miembro de la comunidad, hemos sufrido y sufrimos grave y dolorosamente las consecuencias.

Volvamos al tema del lenguaje. Cuando dicen “violencia escolar”, ¿qué quieren decir? ¿Se refieren a la violencia de los escolares o a la del sistema que agrede de forma invisible contra determinadas personas o colectivos? No hay duda que se refieren a la primera, pero pocas personas saben que hay formas de violencia cultural o estructural que pasan desapercibidas pero que están ejerciéndose permanentemente sobre algunos grupos.

No seamos tan técnicos, algo más sencillo. ¿Cree usted que se puede aplicar a la escuela el término de “violencia juvenil” indiscriminadamente, o sea, ante cualquier acto que atente contra la normal convivencia de la comunidad escolar? Obviamente que se producen, por desgracia, actos violentos y muy violentos en el entorno educativo, pero ¿se puede catalogar todo de la misma forma? Y si lo hacemos, ¿no pecaríamos de alarmistas?

Por todo esto, para centrar el tema con precisión y no dar lugar a equívocos ni a malos entendidos, en este apartado pretendemos clarificar conceptos y términos que luego vamos a utilizar a lo largo del desarrollo de todas las estrategias.

1. ¿Es lo mismo Violencia que Conflicto?  

A veces lo hemos encontrado como sinónimos, en muchos textos periodísticos: “se ha producido un conflicto en el que dos personas se han agredido…”. En realidad, nosotros puntualizamos, con los autores que luego mencionaremos, la violencia como una manifestación visible de un conflicto que subyace más profundamente, y que hay que investigar y conocer para entender lo que está ocurriendo en una situación concreta. Transcribimos las definiciones de Cascón y Torrego sobre Violencia y Conflicto.

La violencia puede entenderse como

 “una actitud o comportamiento que constituye una violación o un arrebato al ser humano de algo que le es esencial como persona (integridad física, psíquica o moral, derechos, libertades,...).

La violencia puede ser visible o invisible, puede proceder de personas o de instituciones y puede realizarse activa o pasivamente.

Además de la violencia directa, existe una violencia estructural, de la que tal vez es más difícil tomar conciencia, pero que es la más cotidiana en nuestra sociedad”.

Seminario de Educación para la Paz (1994:16) Educar para la Paz. Una propuesta posible. Madrid: Los libros de la Catarata.

¿Qué es un conflicto?

Los conflictos son situaciones (no personas conflictivas) en las que dos o más personas entran en oposición o desacuerdo porque sus posiciones, intereses, necesidades, deseos o valores son incompatibles, o son percibidos como incompatibles, donde juegan un papel muy importante las emociones  y sentimientos, y donde la relación entre las partes en conflicto puede salir robustecida o deteriorada en función de cómo sea el proceso de resolución del conflicto.

Torrego Seijo, J. C. (Coord.) (2001). Mediación de conflictos en instituciones educativas. Manual para la formación de mediadores. Madrid: Narcea.

La relación entre ambos conceptos la establece Galtung con toda claridad.

 

 a) Para entender y explicar un conflicto: (Galtung, 1998) En Torrego, (2003)

Torrego Seijo, J.C. (coor) (2003): Resolución de conflictos desde la acción tutorial. Madrid: Comunidad de  Madrid.

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b) ¿Son iguales todos los conflictos?

Para una adecuada gestión del conflicto, los responsables deben saber que no es lo mismo que se produzca en una sola persona que en el seno de un grupo, entre varias personas que entre varios grupos; que el problema sea de relación que de intereses, de información o de valores. Claro que para averiguarlo hay que investigar un poco, no podemos quedarnos en la simple descripción de los hechos; habría que preguntar a cada uno de los implicados para poder determinar las causas y proceder a su clasificación. Éste sería el primer paso para poder afrontarlo adecuadamente, como bien saben los Mediadores Escolares: mantener una entrevista individual con cada uno de los protagonistas del conflicto para averiguar los motivos de cada uno, entre otras cosas.

Si el lector desea profundizar un poco en los distintos tipos y en las distintas clasificaciones, pueden leer los apuntes del Curso-Taller de habilidades de resolución de conflictos en el marco escolar que desarrolló el profesor Ramón Alzate en Pamplona en abril del 2004 y que se puede consultar en el siguiente enlace , en el apartado “Tratamiento del conflicto”.

c) Explosión de un conflicto.

Esto es lo que se encuentra un Jefe de Estudios cuando solicitan su intervención en un aula: la fase de crisis del conflicto, el momento en que se ha hecho visible, el incidente violento que señala que hay algo más debajo de un desafío o una pelea. Y en este momento poco o nada se puede hacer más que enfriar la situación, porque no se puede actuar si no están los ánimos calmados. A continuación, como decíamos antes, hay que investigar y escuchar a las dos partes, para formarnos una opinión de lo que está sucediendo desde hace algún tiempo y que ha sido la causa de lo que ha ocurrido en este momento.

Por supuesto que, si hemos detectado un conflicto en otra fase, podemos intervenir de otra forma para tratar de resolverlo y evitar que estalle la crisis. Las distintas fases del conflicto, las intervenciones posibles en cada una y bastantes cosas más los puede encontrar el ávido lector en el documento del profesor Alzate que hemos mencionado un poco antes.

d) ¿Quién gana en la resolución de un conflicto?

Este es el eterno problema del afrontamiento del conflicto: según a lo que se dé importancia (en el resultado, en la relación, en ninguno o en ambos) tendremos un efecto u otro. Así encontraremos conflictos en los que prime el resultado, y estarán afrontándolo de manera competitiva; otros que pondrán el acento en la relación y el afrontamiento será de acomodación; si no les importa ninguno de los dos motivos evitarán el conflicto;  y sólo en el caso de que pretendan llegar a un resultado equilibrado manteniendo, e incluso mejorando, la relación se podrá hablar de un verdadero impulso por solucionar el problema. En el documento mencionado de Alzate está explicado de una forma más extensa y precisa.

 

e) ¿Qué podemos hacer?

Sólo poner sanciones o aplicar la mediación escolar como estrategias para abordar la resolución de los conflictos en los Centros Educativos es como si sólo diéramos medicinas en el Sistema de Salud Pública, es decir, que estaríamos únicamente interesados en aplicar un remedio para los síntomas cuando la “enfermedad” se ha desarrollado.

Igual que hay una Medicina Preventiva que trata de que no aparezcan epidemias, en la Escuela se arbitran muchas medidas que resultan preventivas en la aparición de conflictos: todas las medidas organizativas (ver Estrategia C-3), de asignación de espacios, reparto del alumnado en grupos heterogéneos en todas sus características y necesidades, aplicación de medidas de atención a la diversidad, la acción tutorial, etc, responden, entre otras cosas, a un interés porque aprendamos en un entorno de buena convivencia.

“Intervención Primaria” podríamos llamar a todas aquellas acciones que llevamos a cabo para desescalar las disputas que, habiéndose iniciado, no han llegado a producir una gran crisis. Siguiendo la nomenclatura de Alzate, hablaríamos de incidentes o tensiones, que ya han superado la etapa de desacuerdos  y malos entendidos. Ahí podríamos situar lo que hacemos cuando oímos “a la salida le voy a partir la cara a ese….”.

Después tendríamos la intervención del “especialista”, del Tercero que trata de buscar una solución a lo que se ha planteado y que ya ha llegado a un estadio de crisis. A veces será un Mediador Escolar, otras el Tutor, en algunos casos el Psicopedagogo; las más de ellas, el Jefe de Estudios. Y se tratará de poner en marcha distintas estrategias que resuelvan el conflicto.

Y, ¿dónde queda la Educación para la Salud? Sin ser estrictamente prevención, sino Provención (ver C-5), también tratamos de inculcar hábitos saludables de mejora de la convivencia a través de la Educación para la Paz, o Educación para la Convivencia, mediante distintos programas en los que el Tutor tiene un papel de gran relevancia.

 

2) ¿Es lo mismo indisciplina que violencia?

Evidentemente, no. Ya desde un punto de vista intuitivo cualquier docente admite que hay muchos actos de indisciplina que no son violentos, aunque nos violenten, e incluso nos pongamos agresivos ante ellos. Por ejemplo, cuando le pedimos algo a un alumno y éste dice que no lo quiere hacer.  Realmente no me está arrebatando nada inherente a mi persona, como decía la definición de Violencia. Pero se ha producido un hecho de desobediencia.

La Real Academia Española de la Lengua señala varias acepciones para el vocablo “disciplina”: según la primera (“Doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral”), una persona indisciplinada sería aquella que no está adoctrinada, que no está instruida en los aspectos morales; lo vemos mejor si buscamos “disciplinar” (“Instruir, enseñar a alguien su profesión, dándole lecciones”). Si nos gusta este sentido es porque podemos ver claramente una relación entre las conductas disruptivas que entendemos por indisciplinadas y la necesidad del alumno de aprender y de ser instruido para ser disciplinado.

Según otro significado de “disciplina” (“especialmente en la milicia y en los estados eclesiásticos secular y regular, observancia de las leyes y ordenamientos de la profesión o instituto”), no deberíamos hablar de observancia de normas cuando mencionamos la disciplina excepto si fuéramos militares o eclesiásticos. Al consultar otra vez “disciplinar”, vemos que lo de las normas se puede aplicar de una forma más general (“imponer, hacer guardar la disciplina (observancia de las leyes)). En definitiva, que una persona indisciplinada sería la que no respeta las normas. Como se verá en otro punto de este trabajo, estamos por la asunción democrática de normas en la Escuela, por lo que, si lo hacemos de esa forma, sólo será una persona indisciplinada la que, habiendo llegado a una serie de acuerdos sobre cómo comportarse con sus coetáneos, no los cumple. Y esto podríamos considerarlo tan poco normal como para investigar si existe un problema de salud mental. ¿A dónde queremos llegar? A que la disciplina debe ser siempre un asunto de autodisciplina, es decir, que sin una voluntad personal por ajustarse a las normas, nada externo puede obligarnos a hacerlo. De hecho, digan si nuestra Constitución no es un ejemplo claro de  esto que estamos diciendo: un esfuerzo de todos los ciudadanos por ajustarnos a un reglamento que, entre todos, hemos dictado. Quizá los que piensan que se pueden imponer normas, sin explicarlas al menos, crean que durante una dictadura este procedimiento no ha tenido como consecuencia la rebeldía e “indisciplina” de muchos espíritus libres.

El hecho es que hay muchos alumnos, por desgracia cada vez más, que no observan las leyes que se les impone en los Centros Educativos, y son tenidos como indisciplinados por ello. Nos referimos a lo que puede ser considerado falta leve, grave o muy grave, según el decreto de Derechos y Deberes al uso. Así, los actos injustificados que perturban la vida académica, todas las faltas de respeto a otro miembro de la comunidad educativa, el deterioro de los materiales o dependencias del centro, la sustracción de bienes u objetos de otras personas, la introducción y consumo de sustancias nocivas, la suplantación de personalidad, la sustracción o falsificación de documentos académicos, la incitación a actuaciones que perjudique la salud  y la integridad personal de otros, siendo leves, graves o muy graves, podríamos llamarlas de indisciplina porque no se ajustan a las normas. Aunque no todas podrían ser consideradas violentas, según la definición que hemos apuntado antes. Estas conductas las categorizaríamos como más problemáticas que las disruptivas y menos que las violentas, en un afán por entendernos cuando hablamos de las dificultades que se presentan en la convivencia escolar.

3. ¿Es lo mismo disrupción que indisciplina?

Ya hemos adelantado algo hace un momento: queremos distinguir las conductas disruptivas de las que observamos que van claramente contra las normas, las indisciplinadas.

Porque nos encontramos una multitud cada vez mayor de hechos que, ni podemos catalogarlos de indisciplina, ni mucho menos de violencia, ni son el mejor ejemplo de convivencia en paz. Nos referimos a esas pequeñas interrupciones en el trabajo del aula que, bajo una apariencia de normalidad, estamos seguros que esconden una intención de perturbar (no me he traído el boli, ¿puedo ir al water?, es que se me ha olvidado apagar el móvil, ¿me lo puede repetir?…); a que un alumno diga que va a hacer una cosa pero que, disimuladamente haga otra (sobre todo con los profesores de guardia, que no le conocen); o que no admitan que han realizado un acto, cuando se les ha pillado “in fraganti”; que jueguen a pegarse continuamente, tanto en los pasillos como en el aula, durante los cambios de hora; que se llamen por los motes y que les parezca bien; y un largo etcétera.

Nuestro compañero Manuel Pérez, en el documento “Prevención y resolución de conflictos en las aulas” (insertar hipervínculo) que aparece en Materiales, (pág. 9), recoge la definición de conductas disruptivas como “conductas “enojosas” del alumno o alumnos que básicamente quiere/n llamar la atención de los demás, a veces por problemas de afecto, de relación o ante dificultades con el rendimiento: molestar, hacer gracias o chistes, hablar, moverse, levantarse, hacer ruidos, no traer material... “. Y a continuación relaciona una serie de manifestaciones habituales de este tipo de conducta.

Claro que a esto no se le puede aplicar la misma intervención que en un caso flagrante de incumplimiento de normas, que sería el caso de las conductas de indisciplina.

 

4. Los incidentes escolares que vemos en televisión, ¿se pueden catalogar como violencia juvenil o como violencia escolar?

Además de las conductas antisociales propias de personas con problemas de salud mental, como personalidad antisocial, psicopáticos, etc., hay algunos comportamientos muy violentos de jóvenes “enfermos sociales” que están alarmando a toda la sociedad porque se están produciendo en el entorno escolar. Las agresiones por violencia de género a chicas muy jóvenes, de sus jóvenes parejas; el vandalismo sobre las instalaciones escolares; las peleas entre bandas o pandillas rivales…,  son distintas manifestaciones de distintos problemas que repercuten en la Escuela porque sus protagonistas todavía pertenecen a ella o porque es el escenario en el que se desarrolla el incidente.

Pero no todo lo que sale en los medios es tan grave, ni los Centros Educativos son lugares de alto riesgo por la violencia que se respira en su patio de recreo o los pasillos. Como decíamos al principio, a veces se magnifican algunos altercados porque, al estar de moda el tema, crece la audiencia al publicarlo; y la mayoría de los que pertenecemos a las Comunidades Educativas creemos que son muy recomendables y que merece la pena que luchemos por su mejora o no estarían nuestros hijos en ellas ni nosotros trabajando con este entusiasmo.

Por violencia juvenil entendemos las respuestas de tipo agresivo que dan algunos jóvenes individualmente, pero, sobre todo, en grupo, como identidad urbana, como grupo, banda, pandilla. Agresiones que pueden ser hacia personas, otros grupos, instalaciones, dependencias, mobiliario urbano, etc. En algunos casos será hacia alguna Escuela, como ha ocurrido en Francia. Pero no por ello podremos hablar de violencia juvenil en la Escuela.

Porque, aunque se dan algunas conductas violentas en la escuela, no todo es violencia escolar, como hemos visto anteriormente. Es cierto que hay agresiones físicas y/o amenazas a alumnos y profesores, destrozos en los vehículos, materiales, instalaciones y dependencias de los centros y el personal, grabación de estos hechos para su difusión a través de los móviles e internet…; pero, por suerte para todos, aunque es más frecuente de lo que quisiéramos, no es todo lo que ocurre en los Centros Escolares. Creemos que hay más programas de mejora de la convivencia en los Colegios e Institutos que casos graves publicados. Lo que ocurre es que a pocos medios de comunicación le interesa una noticia así.

5. Bulling o acoso escolar. Agresor y víctima, pero todos víctimas.

Como otros tipos de acoso, el escolar o bulling es una forma de violencia, que ejerce un estudiante sobre otro de manera persistente y duradera, con una relación de dominio-sumisión entre agresor y  víctima y con una clara desigualdad de poder entre ellos. En la estrategia “Prevención e intervención ante el acoso escolar” (insertar hipervínculo) de nuestro compañero Manuel Soler viene una definición más precisa, entre otras cosas. No debemos confundirlo con otros problemas que ocurren en los Centros Educativos, pero parece que la incidencia está aumentando en este momento.

Lo que queremos subrayar es el asunto de las definiciones de los implicados y de las intervenciones educativas a realizar con cada uno de ellos. Evidentemente hay que proteger a la víctima, en primer lugar, como medida cautelar. E incluso podríamos proponer una medida de alejamiento temporal para el agresor preventivamente. Si nos quedáramos en este punto, sin investigar las necesidades educativas de socialización de cada uno de ellos nuestra labor sería más propia de la Justicia, Policía y Servicios Sociales que de un Centro Educativo. Sin soslayar la importancia de estas instituciones ni de esas funciones que, por cierto, deberíamos asumir al principio, creemos que, en este tipo de conflictos, las víctimas somos todos, y hay que intervenir educativamente con todos. La propia víctima, porque no es eficaz a la hora de defenderse; el agresor, seguramente, no dispondrá de otro repertorio de conductas de relación con otros, ni de una jerarquía de valores adecuada, ni de un desarrollo moral coherente con su edad, ni será capaz de empatizar con otra persona, ni a nivel de emociones ni de pensamiento; los espectadores porque vivirán con el miedo a ser la próxima víctima; los padres de la víctima, porque no saben qué hacer ni qué aconsejar a su hijo; los padres del agresor porque no se podrán creer que su hijo se comporte de esa manera; los padres de los espectadores porque, “mientras no se metan con mi hijo…”. Hasta los profesores seremos víctimas si nos negamos a admitir uno de estos conflictos por el hastío del papeleo que hay que hacer en estos casos para la administración.

 

6. ¿Por qué buscar una Educación para la Cultura de la Paz?

Porque construir la Cultura de la Paz no es sólo un rechazo a la “cultura de la violencia”, ni un “no” a la guerra, sino que implica construir una sociedad con unas relaciones en las que predomine la igualdad, la equidad, la simetría, el respeto mutuo, el desarrollo personal y comunitario , la multiculturalidad, el cuidado del medio ambiente…

No estamos hablando de justicia, que puede interpretarse como retribución o satisfacción de la ley, conceptos mucho más restrictivos que los anteriores.

Y porque nos está pidiendo pasar de un modelo de Educación Institucionalizada a un Modelo de Sociedad Educativa.

En este sentido estuvo trabajando Johan Galtung en el Seminario-Taller  “Convivencia, Conflicto e Interculturalidad” en el Aula de la Dona del Ayuntamiento de Villajoyosa, los días 20 y 21 de Enero de 2006.

Y también es de esta forma en la que se expresa la UNESCO y la ONU en las últimas declaraciones sobre Cultura de la Paz.

Un resumen de cómo ha evolucionado el concepto y su relación con la Educación lo podemos encontrar en Tuvilla Rayo, J. (2004) Cultura de Paz. Fundamentos y claves educativas. Bilbao: Desclée de Brower.

Y una página de referencia, la Web de la Red de Recursos en Educación para la Paz, el Desarrollo y la Interculturalidad.  http://www.edualter.org/