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La función asesora en la Orientación Educativa.


 

Una de nuestras funciones dentro de los centros educativos es la asesora, dicha función ha pretendido superar la orientación clínica y de servicios. He tenido la oportunidad de leer un artículo en el que se aboga por desarrollar más las tareas asesoras (Cuadernos de pedagogía, nº 389. Monográfico sobre orientación). Lo que se pretende es regenerar los DO/EOEP y superar el modelo de “supervivencia” de los años ‘90. Pues bien, estando muy de acuerdo con las reflexiones de los compañeros, desde mi punto de vista tenemos que ser muy cautelosos con los modelos prácticos que proponemos, más allá de las teorías “de manual de orientación” y las buenas intenciones. Como ellos advierten tenemos que evitar el fenómeno del “mago sin magia” en nuestras labores. Tampoco  podemos caer en un modelo de “hiper-responsabilidad” que desacredite al orientador/a al fracasar, ya no sólo como profesor-terapeuta-pedagogo, sino como gestor de cambio (“experto” institucional). En el citado “El mago sin magia” (Selvini, 1986), se expresa una idea clave muchas veces poco valorada: el orientador (psicólogo escolar en el libro) no debe colocarse en una situación de superioridad (institucional o de “experto”), sino ser uno más, eso sí, con funciones y límites definidos. Esto se aleja del modelo “yo sé lo que hay que hacer”. Más bien, el modelo seria buscar “una meta” y “un cómo” junto a nuestros compañeros/as. En ese modelo cada uno aporta lo que puede, para conseguir los objetivos deseados.

Que cada orientador/a tiene una práctica, formación y habilidades personales diferenciadas, es obvio. Sin embargo, para ser asesor/a se debe tener una experiencia dilatada en buenas prácticas y una formación esmerada. Sin un trabajo colaborativo en red con otros orientadores/as (seminarios permanentes) y con la ayuda de: UPE, ICE, CPR, Sanidad, Servicios Sociales, Equipos especializados, profesorado de la universidad… es complicado desarrollar esta función. Otro reto más cercano es colaborar con los otros profesionales del departamento de orientación (a veces un curioso camarote de los hermanos Marx). Mi “tesis” es que primero: hay que conseguir trabajar de formacolaborativa dentro del DO/EOEP y también fuera de ellos, generando grupos con el profesorado interesado (ciclos o departamentos). Por supuesto todo ello con el apoyo institucional (claustro) y del equipo directivo. Estos grupos colaborativos deberían ser los que generaran la dirección del asesoramiento del orientador/a, pues estarían trabajando en programas, metodologías, investigando y especializándose en aspectos concretos de la vida de los centros y sus necesidades. Sin saber colaborar (institucionalmente) no se podrá hacer un asesoramiento de calidad, salvo que el orientador/a sea un experto en un tema (por ejemplo, fruto de un doctorado). El orientador/a es uno más del grupo creado para un “tema”, pero sirve de puente entre la práctica y la investigación. En este rol, a la vez que se colabora, se está asesorando y, a su vez, se forma el orientador/a como profesional.

 

Me explico: la función asesora institucional (no el consejo ocasional) supone muchos aspectos importantes. Lo primero es que existan miembros del claustro que deseen mejorar, cambiar, investigar… en aspectos cruciales para el desarrollo de los centros y de ellos mismos como docentes (por cierto: ¿Se puede asesorar a quien no quiere saber nada de un tema?). Podemos encontrarnos con aliados en esta labor, posiblemente el equipo directivo, pero este último, puede tener una visión aún más pragmática que nosotros y, es posible que lo que quiera sea un apaño, más que un cambio global o duradero. Respecto a los departamentos/ciclos y profesorado en general, salvo muchas honrosas excepciones, el modelo es más bien desintegrado e individualista. En ocasiones también un triste espectáculo de luchas de poder por los recursos, espacios y ciertos privilegios.

La función asesora necesita que se creen unas metas que hagan posible el asesoramiento, además de la toma de conciencia institucional. Por otra parte, el asesoramiento sólo es posible, desde mi punto de vista, cuando existen grupos colaborativos en forma de seminarios o para la aplicación de programas de intervención (modelo de programas), respaldados por el equipo directivo e inspección y con prestigio (y calidad) suficiente para generar satisfacción. Esto de lo que hablo debería de empezar por el propio DO/EOEP, siendo este el germen de proyectos, programas, seminarios en la institución, aunque tampoco es imprescindible. Los grupos pueden ser formales (si hay implicación) o creados para un fin concreto, pero con respaldo y apoyo de todo el centro (legitimados). Programas inclusivos (NEE), metodologías nuevas, valores trasversales, tutoría y convivencia, desarrollo de buenas prácticas en orientación académica…son muchos ejemplos de ámbitos en los que se podría generar esos grupos colaborativos.

¿Demasiados campos o ámbitos? No lo sé. Lo que está claro, para mi, es que con IES de de 1000 alumnos y un solo orientador/a es pedir “peras al olmo”; me alegro por algunas comunidades que tienen dos orientadores/as en los centros. Respecto a los EOEP poco que decir, pues viven un modelo de trabajo en “paradoja” continua.